(XVI) El cuaderno naranja
Por Ben Martin
Ene22
Elías Ventura se precipitó en el interior del hangar, trastabillando y rebotando entre las estrechas paredes de aquel mugriento pasillo. Dio de bruces contra el suelo y estuvo a punto de perder los incisivos si no llega a ser por el antebrazo. Una potente ventisca azotaba en el exterior y los copos de nieve se colaban, ansiosos por guarecerse.
—Puta Laponia…
Ventura jadeaba y el vaho se le escapaba a bocanadas. Se irguió con dificultad y miró en rededor. No se oía ruido alguno. Cerró con tiento la puerta y quedó a oscuras, acompañado por sus pesquisas y dudas: ¿Qué hacía él en Laponia? ¿Seline lo ayudaría o lo traicionaría? ¿Estaba siendo un valiente o un estúpido? ¿Y si su intuición le había fallado y estaba haciendo el ridículo? Oyó voces y se movió con sigilo hasta quedar oculto bajo una escalinata.
Un grupo de mujeres descendió los escalones. Hablaban en sueco y vestían delantales de limpieza. Cruzaron el pasillo mientras arrastraban grandes bolsas de basura. Abrieron la puerta trasera por la que se había colado Ventura y emitieron gritos y risas histéricas ante el frío y la ventisca. El hombre aprovechó el momento para rodear la escalinata y subirla con tiento, preocupado de no ser descubierto.
El piso superior daba a una estrecha y larga pasarela. Al otro extremo, Ventura divisó algunos despachos. No se oía ruido alguno y tampoco vio a nadie. Puso el pie en la pasarela. Su suelo era de rejilla metálica. Bajo sus pies, podía ver parcialmente grandes máquinas de forma ovalada de las que salían cintas correderas como si fueran la lengua de un sapo. En algunas de ellas yacía comida envasada para perros.
Las voces regresaron. Ventura, aún en la escalinata, miró hacia abajo y percibió sombras en movimiento. Con sigilo, cruzó la pasarela mirando a izquierda y derecha, temeroso de ser descubierto. Antes de que las mujeres pudieran verlo, el hombre llegó al otro extremo y se ocultó tras una esquina. Jadeaba y gotas de sudor se le deslizaban por la mejilla. Ahora tenía una mejor panorámica del hangar: una enorme construcción de techo abovedado, con vigas oxidadas y roñosas que cruzaban los extremos de la sala. Bajo la pasarela, las máquinas con lengua de sapo apenas dejaban espacio para la creación de estrechos pasillos. Al fondo de la sala, Ventura divisó enormes palés con comida para perros. La imagen le hizo pensar en Spyke. Sintió pena por el chucho. Era lo único que le quedaba de Sofía…
Ventura percibió el retumbar metálico de la pasarela. Las mujeres de la limpieza se dirigían hasta él. Se mordió el labio y miró las diversas puertas que tenía enfrente. Intentó abrir dos, pero tenían echadas el cerrojo. Con la tercera tuvo más suerte. Se coló en el interior. Era un amplio despacho, o al menos así le pareció a Ventura. La estancia estaba en penumbras y el hombre gateó, anteponiendo las manos para no tropezar con nada. Por fin pudo ocultarse bajo un escritorio que ocupaba la zona noroeste, situado ante un gran ventanal. Quedó a la expectativa, deseando que el grupo de mujeres pasara de largo y no entrara a pasar la aspiradora.
Los segundos se hicieron eternos, pero Ventura tuvo suerte. Las mujeres pasaron de largo. El hombre pudo percibir a través de las ventanas del despacho que algunas se desabrochaban el delantal.
—Eso, eso, piraos –susurró.
Una vez recuperado el resuello, el inspector salió de su escondite. No sabía muy bien qué buscar ni por dónde comenzar. Se mordió el labio y casi sin percatarse empezó a caminar de un lado a otro del despacho, recordando las inconexas muertes, la cajetilla Stijvek Izien, la sospechosa reacción del subdirector Davsek… El nombre de Davsek saltó como un resorte en la mente de Ventura. Recordó la conversación que había mantenido con Seline en el bufé del hotel. Había hablado de un tal Davsek. El inspector sacó la libretilla del bolsillo de su anorak y repasó los datos recopilados. Allí estaba: Maximillian Davsek, el jefazo de la fábrica.
Ventura se precipitó a la puerta de entrada y la abrió con sigilo. Adosado a la puerta, un letrero rezaba “M. Davsek”. El inspector sonrió. Por fin un poco de suerte. Cerró la puerta e inspeccionó con mayor interés la estancia. Los haces de luz que se colaban desde el exterior iluminaban un sofá aterciopelado, una mesa ovalada, carteles de la compañía y un corcho donde colgaban folletos y trozos de papel con direcciones, números de teléfono y cálculos matemáticos. Ventura ojeó todo con interés, pero no vio nada que le pudiera interesar.
Volvió al escritorio e intentó abrir los cajones, pero estaban cerrados con llave. Se maldijo y rebuscó en los lapiceros que había al lado del ordenador de sobremesa. Encontró un imperdible y lo manipuló hasta convertirlo en una ganzúa. La introdujo en la cerradura del cajón y, después de varios intentos frustrados, consiguió abrirla. Lo que había en su interior lo decepcionó sobremanera: apenas unos libros de cuentas, una revista pornográfica, un cuaderno de pasatiempos y un par de diarios deportivos.
—Mierda…
Se disponía a cerrar el cajón, cuando se percató de que el grosor del cajón no coincidía con su interior. Ventura sacó el contenido y golpeó con los nudillos el fondo del cajón. Sonaba hueco. Una sonrisa maliciosa se dibujó en el rostro del inspector. Sacó una pequeña navaja multiusos del bolsillo del anorak y la introdujo en un lateral del fondo. Impulsó hacia arriba y sacó la madera. En el interior, descubrió un cuaderno. Era naranja y estaba deteriorado por el uso. Ventura lo sacó y desabrochó la cuerda que lo envolvía. Lo abrió. Por la estructura de los escritos, parecía un diario, pero no pudo descifrar nada. Estaba escrito en sueco.
—Puta mi…er…
No acabó la frase. Se quedó atónito al descubrir la cabecera de cada escrito. Estaba firmada por Kristen Smitherson, la primera víctima.
—Pero…
Ventura no dijo nada más. Sintió un fuerte golpe en la cabeza. Luego vino la oscuridad.