(XV) El hangar y la nieve
Por Ben Martin
Dic18
En aquella barraca hacía un frío de mil demonios. Una corriente de aire gélido se colaba entre la leña apilada en grandes bloques y los quitanieves oxidados, abandonados a su suerte desde hacía años. Más allá de la madera y el óxido, un manto de nieve blanca que Elías Ventura apenas podía vislumbrar por culpa de la ventisca. Estornudó, y volvió a estornudar. Los mocos resbalaban por el labio. Spyke, ovillado en el regazo de su amo, se dispuso a lamerlos.
—¡No seas cerdo, Spyke! –Ventura desvió la cara. El perro ladró—. Ya lo sé, ya lo sé, éste es un plan de mierda. Pero…
Oyó el sonido de unos pasos. El inspector se dio media vuelta y divisó a Seline Jorkenssen aproximarse a la barraca. Zigzagueaba con dificultad, resistiéndose a la corriente de aire. El hombre salió de su escondite y se abalanzó sobre ella en el momento en que la joven trastabilla para dar de bruces contra el suelo. La cogió del brazo y la atrajo hacia sí.
—Gra… Gracias.
Ventura asintió con la cabeza. La llevó hasta el otro lado de la barraca, más preocupado en no ser descubierto que en la integridad física de la muchacha.
—¿Y bien? –preguntó el inspector.
—He hablado con algunas compañeras. A nadie le suena los nombres de las víctimas.
—Eso es imposible…
—Yo sólo le digo lo que me han dicho.
El inspector no respondió. Quedó inmóvil, con la mirada perdida.
—Mire, aquí hace un frío de narices. Tengo los pezones como escarpias.
Ventura reparó en ella y la miró con desaprobación, como si la imagen que Seline le había proyectado de forma involuntaria le provocara náuseas.
—¿Qué hangar es ése? –Ventura señaló el edificio del que había regresado la joven.
—El B.
—¿Te han visto aquellos tipos…? –El hombre metió la mano en su abrigo y sacó una pequeña libreta. Pasó varias hojas—. …Ingmar y Thërul…
—No creo…
—¿No crees o no lo sabes?
La joven se dispuso a replicar, pero Ventura no le dio opción. Se levantó con rapidez y caminó hacia la derecha.
—Oiga…
—Sígueme, Seline.
La pareja rodeó la barraca y abandonó la hilera de camiones ruinosos y leñas apiladas. Descendieron por un camino sepultado por la nieve. A Seline le costaba seguir al inspector. La ventisca arreciaba con fuerza y se tapó la cara con los brazos. Cuando divisó entre las mangas de su chaleco aquella construcción ocre, con una fachada repleta de varas de acero que se cruzaban las unas con las otras, se detuvo en seco.
—Ni lo sueñe… –Fue un hilo de voz imposible de oír para Ventura. Seline se aclaró la garganta, decidida—: ¡No iré al hangar A!
Ventura se dio media vuelta y la miró con el ceño fruncido.
—Lo siento, pero no me la pienso jugar. Ya le dije que no quería follones –dijo la joven.
—No te vas a meter en ningún follón. Sólo quiero que preguntes a algunas compañeras más.
—En ese sitio han pasado cosas muy chungas.
—Y tú y yo vamos a solucionarlas –dijo Ventura, en un intento desesperado por convencerla.
La respuesta de Seline fue negar con cabeza.
—Vamos, mujer, ¡no me puedes hacer esto! ¡Estamos hablando de cuatro víctimas!
—Pues por eso: no quiero ser la quinta.
El inspector se quedó con la palabra en la boca. No sabía que replicar ante un comentario con tanto sentido común.
—No te pasará nada. –El hombre se desabrochó el anorak y enseño su Heckler & Koch, colgada de la riñonera—. Conmigo estás a salvo.
Ahora era Seline quien no pudo articular palabra. Estaba claro que todo aquello iba en serio, demasiado en serio para alguien como ella, que sólo pretendía aprovechar su beca a los Estados Unidos.
—Lo siento de veras, Ventura, pero estoy cagada de miedo.
La joven dio media vuelta y ascendió por el camino. El ánimo del inspector cayó en picado. Tantas investigaciones y tantos sufrimientos para tirarlo todo por la borda justo cuando estaba a punto de cruzar la línea de meta. Miró hacia atrás y divisó el hangar A de Stijvek Izien. Apretó los labios y miró a Spyke.
—¡Seline! –La mujer se detuvo y miró a Ventura. Éste le señaló a Spyke—. Por favor, cuídalo…, por si no vuelvo.
La joven se quedó quieta, sin saber muy bien qué contestar. Aquel tipo era muy raro, pero poseía un coraje que envidiaba. Reparó en Spyke, quien la miraba con un semblante triste, como si comprendiera lo que estaba sucediendo.
—Llamemos a la policía, Ventura. Evítese problemas –dijo la joven.
—Estoy hasta el cuello de problemas, Seline. Ni mis superiores saben que estoy aquí. Esto lo tengo que solucionar yo. Además, no tengo pruebas evidentes de que los asesinatos y este lugar estén relacionados
El hombre se aproximó a ella y le entregó el perro. Spyke se revolvía y ladraba desesperado. Seline lo recogió.
—Lo cuidaré hasta que vuelva.
El hombre esbozó una media sonrisa y asintió con la cabeza. Dio media vuelta y descendió de nuevo por el sendero. Seline y Spyke lo siguieron con la mirada. El perro empezó a ladrar. La joven también se desvivía por decir algo, consciente de que era demasiado cobarde para acompañarlo, pero no lo suficientemente mezquina como para no reconocer su valor.
—¡Ventura!
El hombre se dio media vuelta.
—No tengo dudas: es usted todo un Sherlock Holmes.
El inspector mostró una sonrisa, la primera sonrisa sincera que Seline le había visto desde que lo conoció en el bufé.
—Phillip Marlowe. –La sonrisa, de repente, desapareció—. Si antes del anochecer no he regresado, llama a la policía. Ésa será la prueba que necesitamos.
El hombre se despidió con la mano y bajó por el sendero. Antes de que Seline pudiera replicar, la ventisca engulló a Elías Ventura.