Václav Havel y la Europa de ayer y hoy

Por Imanol Merino Malillos
El reloj de Praga.
La muerte de uno de los referentes políticos de la Europa tanto comunista como de después de la caída del bloque soviético, Václav Havel, invita a reflexionar sobre la generación que lo vivió y protagonizó. ¿Qué similitudes y diferencias hay entre entonces y ahora?

El pasado 18 de diciembre, la llama de Václav Havel dejó de alumbrar nuestro continente. El líder político de la transición del comunismo al capitalismo en Checoslovaquia y, posteriormente, de la República Checa, fallecía a los 75 años. El juicio internacional ha sido unánime: se ha ido una gran figura del mundo contemporáneo, alguien que supo dirigir y encauzar el cambio de un régimen en centroeuropa, el paso de una dictadura a una democracia, y que a continuación vivió la división de un Estado en dos.

Si bien se ha resaltado su faceta como político, Václav Havel no lo era. O no lo era de profesión. Él era dramaturgo, autor de un importante número de ensayos, obras de teatros y de literatura. Si llegó a la política fue desde la convicción personal y por la defensa de principios tales como la libertad. Luchó por los derechos, pero sobre todo contra un régimen que los negaba y una sociedad que lo padecía y, en ocasiones, claudicaba. Era, ante todo, un disidente.

Ya en 1968 el joven autor se alineó contra el férreo dirigismo comunista y en favor de la “humanización” del socialismo proyectada por el primer ministro checoslovaco Alexander Dubcek. La irrupción del Pacto de Varsovia y la represión de la conocida como Primavera de Praga hicieron que Havel, al igual que muchos otros, acabase, más tarde o más temprano, en la cárcel.

El juicio internacional ha sido unánime: se ha ido una gran figura del mundo contemporáneo.

Sin embargo, Havel, al igual que otros opositores al régimen comunista, no cesó en su empeño en la lucha por las libertades y contra la dictadura. Ello tuvo su plasmación en la conocida como Carta 77, publicada en enero de 1977 y que fue suscrita inicialmente por 241 individuos, número que se incrementó en los meses siguientes. El gobierno checoslovaco no tardó en reaccionar, y para finales de año 144 de sus firmantes habían padecido alguna represión gubernamental. Dos años después, en 1979, Havel fue encarcelado, lo que aumentó su prestigio nacional e internacional y propició que después de su liberación, en 1984, se le viese como uno de los líderes que luchaban contra el régimen.

El descontento con la dictadura comunista era visible en el interior en la década de los 80. Únicamente parecía hacer falta un contexto internacional propicio en el que el cambio pudiese darse. Ello comenzó, al igual que en el resto del bloque comunista, con la llegada al poder de Gorbachov y el inicio de la Perestroika y el Glasnost.

Toda vez la dictadura comunista cayó, un nuevo problema se planteó en el seno de Checoslovaquia: ¿cómo afrontar la diversidad interna?

Los acontecimientos se precipitaron a lo largo de 1989. Las protestas en otros países y los cambios en Polonia y Hungría espolearon a otros países comunistas centroeuropeos. La chispa que prendió en Checoslovaquia fue la caída del muro de Berlín. Ello convenció a la oposición de las posibilidades de derrocar, o, cuanto menos, conseguir cambios en el sistema. No podía ser que dicha república fuese la única en su región que no consiguiese o no demandase cambios. Y no lo fue, pues si los berlineses pudieron pasar de una parte a otra el 9 de noviembre, una semana después una movilización de estudiantes daba inicio al fin del comunismo en Checoslovaquia.

Primero vino Bratislava, pero no tardaron en añadirse a la revuelta otras partes del país, entre las que no faltó Praga, y otros sectores sociales. Mientras el régimen comunista se reafirmaba, no sin disensiones, en sus principios, perdía la calle a pasos agigantados. Una huelga general celebrada el 27 de noviembre convenció al gobierno de que no tenía apoyos dentro, y la ausencia de ayuda de la Unión Soviética reafirmó su soledad. Apenas dos días después, el 29 de noviembre, el Partido Comunista admitía el fin del monopolio del poder. Antes del cambio de año, Václav Havel accedía a la jefatura del Estado. Seis meses después, su partido, el Foro Cívico obtenía la confianza mayoritaria del país, concluyendo así la conocido como la Revolución de Terciopelo.

El mejor homenaje que se le puede hacer es que nosotros, reinterpretándolo, defendamos lo que ellos persiguieron y consiguieron.

Toda vez la dictadura había caído, un nuevo problema se planteó en el seno de Checoslovaquia: ¿cómo afrontar la diversidad interna? Es decir, ¿cómo vertebrar el Estado? Muchos abogaban por un mayor o menor grado de federalismo entre Chequia y Eslovaquia. Otros propugnaban la separación en dos países. Havel se encuadró entre los primeros, pero nada pudo hacer ante las ansias secesionistas de los eslovacos. El 20 de julio de 1992 dimitió como presidente de Checoslovaquia, país que dejó de existir oficialmente el 31 de diciembre de dicho año. Poco después ganó las elecciones a la presidencia en la recién creada República Checa, liderando el país durante los siguientes 10 años. Bajo su mandato el país solicitó su entrada en la Unión Europeo, aunque él ya no era su presidente cuando ésta se produjo.

Éste es el hombre que falleció el pasado 18 de diciembre de 2011. Esta es la vida, o parte de ella, que se desvaneció hace menos de un mes. Una trayectoria ejemplar, plagada de disidencias contra los totalitarismos y sin agachar en ningún momento la cabeza frente a las dictaduras; sin claudicar. Miembro de una generación cuyo tiempo, cuyos parámetros parecen ya pasados. Y es posible que así sea, pero no tanto como pensamos.

Vivimos ciertamente en mundo muy diferente, al menos de aquél contra el que luchó Václav Havel. De hecho vivimos en algo parecido por lo que él y su generación, de una u otra manera, lucharon en toda Europa: libertad y democracia. Pero seríamos unos ilusos si pensásemos que la historia es lineal, que no hay vuelta atrás posible; que lo conquistado no se puede perder que no necesita ser reafirmado. Nada más lejos de la realidad. Las nuevas generaciones, entre las que nos incluimos, no hemos padecido el yugo de dictaduras totalitarias, ni una Europa dividida en regímenes, ni hemos luchado en guerras intestinas ni en grandes conflictos bélicos. Desde Lisboa hasta Estocolmo; desde Atenas hasta Dublín, todos compartimos un sistema económico y político similar, y la mayoría, con mayor o menor intensidad, un proyecto llamado Europa, sustentado, precisamente, en lo que defendieron la generación que gobernó tras la Segunda Guerra Mundial: libertad y democracia. Pero olvidarnos de lo que otros padecieron y lucharon para llegar a donde estamos es el primer paso para olvidar la importancia de lo que se tiene. Porque el mejor homenaje que se les puede a hacer aquellos es que nosotros, reinterpretándolo, defendamos lo que ellos persiguieron y consiguieron.

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