La paradoja de la deuda
Por Oriol Sabaté
Jul24
Actualmente uno de los debates económicos más importantes (y más visibles a todos los efectos) es el del mantenimiento de los estímulos fiscales VS la aplicación de programas de austeridad fiscal. Como es bien sabido, en Europa la segunda está haciendo mejor fortuna.
Veamos brevemente ambas opciones. Los economistas que defienden los estímulos fiscales (que llamaremos “economistas del déficit”) siguen el siguiente razonamiento: en momentos de crisis como el actual, la economía vive contraída por una demanda insuficiente que no consigue responder a la capacidad de producción instalada en el sistema. En esas circunstancias, el Gobierno debe crear esa demanda para poder mantener el famoso equilibrio económico. En caso contrario, la falta de demanda llevará a la quiebra a empresas que, con el despido consecuente de sus trabajadores, agravará la falta de demanda y, por consiguiente, la situación de crisis.
El Gobierno tiene básicamente dos opciones para crear esa demanda: mediante los préstamos directos del Banco Central de su país o mediante la deuda pública. Aunque las implicaciones de cada opción son muy distintas, algo fundamental hay de común en ambos casos: el Gobierno consigue dinero que deberá devolver en un futuro con los intereses correspondientes. En el primer caso, el acreedor es el Banco Central del país, mientras que en segundo caso, los acreedores pueden ser empresas, individuales, bancos, o hasta los propios Bancos Centrales. Es pues, en el fondo, avanzar demanda del futuro al presente (porqué en el futuro ese dinero ya no podrá servir para comprar, sino para devolver la deuda).
El Gobierno tiene dos opciones para crear demanda: los préstamos del Banco Central o la deuda pública. En ambos casos el Gobierno deberá devolver en un futuro intereses.
Y ese es el punto caliente del asunto. Según algunos economistas del déficit, el crecimiento económico al que esa demanda dará lugar (porque permitirá mantener y potenciar la oferta productiva, lo que generará nuevos puestos de trabajo y mayor demanda) permitirá en un futuro aumentar la recaudación del Gobierno, lo que permitirá a su vez devolver (o al menos estabilizar) la deuda.
Por contra, algunos economistas (de variopintas escuelas) argumentan que esa deuda, llegada a ciertos límites, puede degenerar en un freno a la recuperación del sistema. Las razones en las que dicho argumento se sustenta son varias. Por el momento, podemos citar dos de ellas. En primer lugar, algunos economistas argumentan que, a partir de ciertos niveles de deuda (como los actuales), se genera tal desconfianza entre los inversores que la situación desemboca en aumentos de precios (en el caso de las deudas, el tipo de interés) que dañan las cuentas públicas y dificultan enormemente la devolución de la deuda (pensemos que, si aumenta el precio de la deuda, el Gobierno precisará nueva deuda para asumir mayores gastos, lo cual añade más desconfianza y mayores precios). Esa situación solo puede ser revertida mediante planes de austeridad fiscal que permita equilibrar los ingresos y los gastos públicos.
Economistas argumentan que, con niveles de deuda como los actuales, se genera una desconfianza entre los inversores que lleva a aumentos de precios que dificultan la devolución de la propia deuda.
En segundo lugar, otros economistas argumentan que, actualmente, ese dinero que el Gobierno inyecta en la economía no se convierte en mayor consumo o (especialmente relevante) en mayor inversión, sino que acaba en el sistema financiero (que da más rentabilidad que las inversiones productivas) o se atesora para ir tapando los agujeros de la deuda contraída en los años de bonanza. Así pues, es un dinero que no permite realmente una recuperación económica que genere empleo (aunque, por mala fortuna, sí que daña las cuentas públicas). Cabe decir que esas críticas no se acostumbran a hacer tanto en pro de la austeridad fiscal, sino en pro de una reforma fiscal que busque un equilibrio presupuestario a través de un aumento impositivo.
En todo caso, ambas argumentaciones encuentran respuestas (más o menos acertadas) para los economistas del déficit. En primer lugar, argumentan que la desconfianza se puede evitar si el Banco Central del país actúa de prestamista de última instancia. En otras palabras, si el mercado desconfía de la deuda pública, que sea el Banco Central el que preste directamente al Gobierno los fondos que este necesite. Así, cuando la situación haya mejorado, el Gobierno podrá nuevamente acudir a los mercados en busca de financiación. De ahí las sonoras quejas que muchos analistas han tenido respecto al Banco Central Europeo, que no ha aceptado jugar esa carta con la contundencia que algunos habrían deseado.
Los economistas del déficit recuerdan que la disminución de los estímulos fiscales es una disminución de la demanda, lo que puede llevar a grandes crisis.
En segundo lugar, argumentan que debería haber una reforma financiera que justamente penalizase dicha fuga de capital hacia el sistema financiero.
Sea como sea, los economistas del déficit recuerdan que una disminución de los estímulos fiscales es, a la práctica, una disminución de la demanda, lo que puede llevar a grandes crisis o, en el mejor de los casos, a prolongados estados de estancamiento económico (léanse los años 30 después de la Gran Depresión, o más recientemente el caso de Letonia). Situaciones que, de hecho, agravan la deuda.
Ahí queda el debate. Para una mayor contextualización de la controversia se puede recurrir a un reciente artículo del economista Rolando Astaria. Así, de paso, se podrá ver que se propone desde una visión marxista bastante particular.