El papel del Banco Central Europeo
Por Sebastián Barrufet Rialp
Dic25
En Europa la actividad de la banca central se ha identificado tradicionalmente con la emisión y gestión de la moneda nacional, la cual pasó a ser un elemento indispensable de la soberanía. Los billetes nacionales, que han desempeñado un papel de creciente importancia en la circulación del dinero hasta adquirir curso legal y sustituir a las monedas de oro y plata (que tenían un valor equivalente al contenido de esos metales), han llegado a ser un medio de representación de la cultura y los símbolos de sus respectivos países. Paralelamente a la consolidación de los billetes como medio de pago en la vida económica moderna, sus emisores, es decir, los bancos centrales, han adquirido mayor relevancia y la aplicación de la política monetaria se ha convertido en un elemento esencial de la política económica de las naciones.
En este contexto histórico, la realización de la Unión Económica y Monetaria (UEM) europea a finales del siglo XX, representó un evento único en el sentido de que ha introducido en una gran parte de Europa un nuevo régimen monetario articulado sobre una moneda única. Los Estados miembros de la Unión Europea (UE) que han adoptado el euro representan dos terceras partes del total de la Unión en términos de población y se espera que, a su debido tiempo, otros Estados miembros de la UE entren a formar parte de la zona.
Hasta ahora, las políticas de la Comunidad Europea no han alcanzado en ningún otro ámbito un grado de integración tan avanzado como en la política monetaria única y la política de tipos de cambio. No existe ninguna otra área en la que la Comunidad haya desarrollado su identidad de forma más convincente que en la relativa al euro. El BCE tiene como objetivo primordial de su política monetaria la estabilidad de precios, actúa de forma independiente dentro de los límites de un mandato claro y preciso y rinde cuentas ante los ciudadanos y sus representantes respecto de la ejecución del mismo.
Sin embargo, el desbarajuste en el que se mueven los mercados durante los últimos tiempos está dejando en evidencia el papel de las instituciones de la Unión Europea y, en todo caso, está desbordando la capacidad de reacción de los principales dirigentes de la Unión, quizás bastante asustados a estas horas por el desarrollo de unos acontecimientos en los que la lógica ha dejado paso a la histeria. Nada de ello, por desgracia, les va a salir gratis a los ciudadanos.
Ninguna otra área de la UE ha desarrollado su identidad de forma más convincente que en la relativa al euro.
Viendo las cosas desde fuera, y no desde los vericuetos del poder de la UE, llama la atención que a estas alturas que ningún dirigente importante de la UE sepa definir con un mínimo de precisión cuál es el papel del Banco Central Europeo, una institución a la que casi todos los dirigentes de la Unión le piden cosas difíciles, algunas imposibles, otras incluso milagrosas, pero siempre dispares. Estos días, el papel que ejecuta el BCE es una mezcla de bombero sin ánimo de lucro y vigilante incomprendido de lo único que le han encargado seriamente en los Tratados, velar por la tasa de inflación, algo que se da de bruces con lo que ahora está hacienda a diario.
Cada país le exige al BCE un cometido y una actuación que convenga a las necesidades de cada Estado europeo y en el momento preciso. Los alemanes quieren unas cosas (para más ironía del destino, no todos los alemanes piensan lo mismo de lo que debe hacer el BCE, como se ha puesto de relieve en los últimos meses), los franceses están en otra batalla (viendo, en este caso, la proximidad de una bastante probable salida del grupo de élite de la solvencia financiera mundial, la triple A de las agencias de calificación, un golpe que podría ser tremendo para las aspiraciones presidenciales de Sarkozy), los italianos atienden a lo suyo, y los españoles hemos asistido a las sucesivas purgas de los países periféricos viendo como nos dejaban a un lado como los alumnos más disciplinados e intocables del grupo PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y Spain).
El papel que ejecuta el BCE es una mezcla de bombero sin ánimo de lucro y vigilante incomprendido de lo único que le han encargado seriamente en los Tratados.
¿Cómo resolver este galimatías de intereses tan contrapuestos? Este es el gran problema a despejar por el BCE y desde luego por el conjunto de las instituciones comunitarias. Lo que pasa es que con el BCE no actúan las reglas del voto ni de la mayoría simple o reforzada ni el mandato absoluto de ningún elegido. El BCE responde a las presiones políticas pero no sin pasar por el mercado, darse una vuelta, ver lo que hay y actuar en coherencia con algunos principios de la lógica financiera y económica que no pueden ser soslayados. No habrá dinero en la UE para comprar la deuda en manos de todos los que salen huyendo de una zona en la que falta voluntad política y liderazgo para conformar una verdadera unión política.
Mientras en Estados Unidos hay una unidad monetaria, política y fiscal, en la UE carecemos de las dos últimas.
La Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco de Inglaterra, el Banco de Japón y el Banco Central Europeo son instituciones con un poder enorme, mucho más allá de lo que podemos imaginar. Estos bancos centrales tienen una poderosa influencia en las condiciones financieras, en un mundo con cada vez menos fronteras, en el que un evento económico importante en una nación puede afectar, para bien o para mal, a la mayoría.
El problema es que mientras, por ejemplo en Estados Unidos, hay una unidad monetaria, política y fiscal, en la UE carecemos de las dos últimas. Hemos de pasar de nuestro modelo económico fracasado a una alternativa mejor definida. La Unión Económica y Monetaria debe ser también política y fiscal. Si no nos apresuramos, podría darse un desenlace que nadie puede desear. Nuestra única posibilidad es trabajar por el cambio mientras quede tiempo. Alguien se pregunta si hubiera sido mejor no entrar en el euro. Lo ignoro. De lo que estoy convencido es que ahora sería catastrófico salir de la eurozona. Es necesario mantener la calma, con el convencimiento de que podremos superarlo.
La historia prueba que un mundo mejor es posible cuando hay gente comprometida que trabaja lo suficiente para lograrlo. Así terminó la esclavitud; los trabajadores conquistaron el derecho a organizarse y a la negociación colectiva; las mujeres lograron el mismo derecho al voto que los hombres, el control sobre sus propios cuerpos, y más derecho y condición en la fuerza laboral; los negros y otras minorías obtuvieron importantes derechos cívicos; y los políticos estatuyeron importantes leyes sociales aunque haya sido sólo por temor a lo que podría suceder si no lo hacían.