El día de la marmota
Por Juan Garrosa
Jul24
La idea clásica de parlamentarismo establecía que del debate sosegado entre los miembros más ilustrados de la comunidad se podían extraer las soluciones más óptimas para los problemas de ésta. Por desgracia, el Debate sobre el estado de la nación celebrado entre los días 14 y 16 de julio en el Congreso de los Diputados no mostró excesivas dosis ni de sosiego ni de ilustración y, mucho menos, de soluciones. Que Zapatero llevara sus respuestas a la réplica de Rajoy escritas a ordenador, es decir, antes de haberla escuchado, denota que estas sesiones son más previsibles que el cíclico Día de la marmota de Bill Murray en aquella famosa película homónima.
El debate volvió a mostrar la falta de contenido de los discursos y de altura política de nuestros representantes. Fue un sucesivo toma y daca de acusaciones sin ninguna utilidad si no es para darles gusto a las bases incondicionales. Rajoy optó por volcarse en las contradicciones de Zapatero, aprovechando que lo tenía delante. Sus oponentes le acusan de no ofrecer alternativa, cosa que le trae sin cuidado al electorado popular, ansioso por recuperar el poder a toda costa. Por su parte, Zapatero llamó a la unidad, aunque, como de costumbre, sin una hoja de ruta clara. Paralelamente, dedicó tanto tiempo a defender sus medidas como a atacar a su principal adversario, a pesar de que todos los grupos sin excepción le criticaron duramente.
Fue un sucesivo toma y daca de acusaciones sin ninguna utilidad si no es para darles gusto a las bases incondicionales.
Con todo y con eso, el debate estuvo más entretenido que de costumbre, si es que cabe hablar de entretenimiento en este tipo de cosas. En efecto, ha habido una mayor vehemencia en las intervenciones, con continuas referencias personales y enfado indisimulado por parte del presidente y el líder de la oposición. Aunque sea en vano, de vez en cuando reconforta ver a los políticos afectados por las críticas.
Mientras tanto, el Ejecutivo sigue sin hacer autocrítica. Ahora que su diagnóstico de la crisis es realista, quizá una autocrítica rigurosa hubiera ayudado a abrir un frente unitario. Por desgracia esto no va a suceder nunca porque descolocaría a sus bases, lo más valioso que tiene un partido en tiempos de desencanto hacia la política.
Esta vez no hubo anuncios sorpresa a modo de conejos sacados de la chistera, ni llamamientos emocionales al optimismo.
El presidente habló de “momento crucial” para el futuro inmediato de nuestro país, presentándose así mismo como hombre de Estado capaz de anteponer los problemas nacionales al interés partidista (¿reconoce acaso que hasta ahora no ha sido así?). “Cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste”, fue lo que dijo.
Reconoció lo doloroso de las medidas impopulares que se están tomando pero se escudó en su necesidad sin justificar en ningún momento el giro copernicano en su discurso. “Austeridad y reformas”, según dijo, constituyen ahora su programa, justo lo contrario que hace un año. Esta vez no hubo anuncios sorpresa a modo de conejos sacados de la chistera (como el cheque-bebé en 2007, o la Ley de Economía Sostenible en 2009), ni llamamientos emocionales al optimismo. Curiosamente, el estudio del CIS le da como ganador del debate con un 26’1% frente al 19’8% de su oponente, aunque el 36’5 opina que no ganó ninguno de los dos.
Ni Rajoy ni Zapatero aprueban en las encuestas de valoración. A pesar de ello, o precisamente por ello, ambos han apostado por la estrategia de socavar la imagen del adversario.
Según el último barómetro del CIS (junio 2010), la clase política constituye la tercera preocupación de los españoles, sólo detrás del paro y los problemas económicos. Actuaciones como la del otro día en el Congreso no ayudan a recobrar la fe en la política y su capacidad transformadora. Ni Rajoy ni Zapatero aprueban en las encuestas de valoración (3’71 éste, 3’09 aquél). A pesar de ello, o precisamente por ello, ambos han apostado por la estrategia de socavar la imagen del adversario. Si Rajoy le dice al presidente que ha perdido apoyo social, pues éste le responde que él tampoco está para echar cohetes (sus acólitos se levantan y aplauden, los de la bancada de enfrente abuchean y todo nos recuerda a las vuvuzelas de Sudáfrica). Los populares piensan que para ganar las elecciones basta con esperar rezagados el desgaste de Zapatero; los socialistas, que para renovar mandato basta con demostrar que el remedio es peor que la enfermedad.
Zapatero pidió también “un esfuerzo colectivo para volver a crecer y a crear empleo”. Acertadamente, desde la izquierda le respondieron que eso no es más que un eufemismo para ocultar que se carga el esfuerzo sobre las clases trabajadoras. La adopción de nuevas medidas, tanto las progresistas (nuevo impuesto para ricos) como las regresivas (reforma de las pensiones), se aplaza hasta el debate de presupuestos, probablemente con la intención de ganar tiempo a la búsqueda de nuevas alianzas parlamentarias. Sólo el Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Coalición Canaria (CC) han dejado su puerta levemente abierta, aunque las contrapartidas serán cuantiosas. Veremos entonces si la autoproclamación de hombre de Estado no fue más que un brindis al sol.